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Todo el mundo reconoce que no existe mejor amor que el amor de madre, pero somos muy pocos los que hemos descubierto que no existe mejor sexo que el de tu propia madre.

Soy Pancho Alabardero, tengo treinta y algunos años, vivo en Madrid y como ya saben algunos de ustedes por anteriores relatos, hasta hace poco tiempo yo militaba en una orden religiosa entre cuyas virtudes, o defectos, se practica la abstinencia sexual como una manera de ganar la excelencia y contribuir con nuestro sacrificio a la salvación del mundo.

Como pueden suponer, y mis anteriores relatos así lo atestiguan, esto puede desquiciar al más cuerdo de los humanos, de modo que los mande al infierno y ahora me estoy desquitando a trompicones, y como en esto del sexo no tenía demasiada experiencia, pues me enganché a mi madre y se la metí hasta volverme loco, perdón, hasta volvernos locos.

Dado que ella estaba divorciada desde hacía años de mi padre y no pasaba precisamente por una posición muy desahogada, le ofrecí que se quedara a vivir conmigo en Madrid, a modo de madre de día y amante de noche, y así vivimos felizmente desde hace meses, pero como ya saben ustedes que el demonio, cuando no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas, pues es el caso que vengo sospechando que mi madre, últimamente, me esta poniendo los cuernos.

No es por que sea mi madre, pero debo decirles que mi madre tiene cuerpo que no desmerece de las portadas de Play Boy, además folla como los ángeles y se corre como las teen-agers. Es una señora en la calle, una cocinera en la cocina y una puta en la cama y no como otras que son señoras en la cocina, putas en la calle y cocineras en la cama. Ya les digo, para subirse encima de ella y no descabalgar en todo el día.

Mi vida sexual con mi madre hasta el momento, ha sido placentera, fluida y fantasiosa, llena de ardor, fogosidad, ímpetu y apasionamiento, pero desde hace unos días he venido notando cierta atonía, cierta relajación, no, no es que no gritase cuando le sobaba las tetas, no es que no me hincase las uñas cuando se la metía, no es que no se retorciese de espasmos cuando se corría, es que sencillamente lo fingía.

Y claro, comprenderán ustedes mi turbación al comprobar, más allá de cualquier duda razonable, que mi madre me estaba poniendo los cuernos. Yo meter, se la metía cada tanto, es decir, todos los días, pero ella correr, no se me corría con tanta frecuencia, es decir, no se me corría nunca, y la cosa iba en aumento, porque ya estos últimos días ni se molestaba en fingir, simplemente se quitaba las bragas, se abría de piernas y esperaba pacientemente a que me corriera para irse al lavabo, limpiarse y volver a la cama a dormirse como una marmota, de modo que he llegado a una conclusión determinante: a mi madre se la están metiendo.

A mí, esto me estaba encelando de tal manera que he mandado el trabajo al carajo, y me estoy dedicando a lo único que en este momento me apasiona: espiar a mi madre de día y metérsela de noche en su chumino ya trajinado. Para mí, esta situación es totalmente nueva, porque debo reconocer que estos últimos tiempos andaba tonteando fuera y quizás, quizás, tenía un tanto abandonada a mi madre, o es posible que sencillamente ella este pasando por cierto hartazgo y quiera experimentar nuevas sensaciones.

Fuese lo que fuese que esté sucediendo, el caso es que desde hace algún tiempo la estoy siguiendo todo el día para averiguar quién, cómo y dónde se la estaban metiendo a mi madre. Me hice con un coche de alquiler para que no me reconociera, me aposté en una calle por la que necesariamente mi madre tiene que salir de la urbanización de lujo en la que vivimos y a esperar.

Y la espera, después de varios intentos fallidos, dio sus resultados. Ese día la vi salir como a eso de las siete de la tarde y naturalmente la seguí. Nosotros vivimos en la zona del Arturo Soria en Madrid y ella cogió en dirección hacia el barrio de Canillas, que cómo quizás alguno de ustedes sepan, es donde esta la Junta de Distrito del Ayuntamiento de Madrid y allí se apostó, en las inmediaciones, sin salir del coche y naturalmente, yo a prudente distancia ojo avizor.

Al cabo del rato me fijé que un chico joven venia con paso firme y decidido hacía el coche de mi madre. Al llegar a su altura abrió la puerta del acompañante, se coló dentro y le dio un beso en la boca que me dejó extasiado y me puso cachondo. Joder con mi madre, ese chico no tenía más de veinticinco años y además yo le conocía, era el barrendero de la urbanización donde vivíamos, un chico creo que de Santo Domingo, alto, delgado, moreno y de pelo engominado, y además por lo que se veía desde mi puesto de vigilancia, de manos ligeras, porque le estaba metiendo un sobo a mi madre de no te menees.

No tardaron mucho en arrancar y salir disparados buscando la salida de la ciudad, en dirección hacía la M-40, una carretera de circunvalación que atraviesa por parajes diferentes, algunos despoblados, y no tardaron en enfilar hacía una salida que conducía justamente hacía uno de los más despoblados de viviendas, pero concurrido de coches. Yo no había estado nunca allí, pero el lugar como dije estaba lleno de coches y por lo que parecía, los coches ocupados por parejas haciendo lo que se supone que debe hacer una pareja en semejante lugar: el mete saca.

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Yo, al ver el lugar que eligió mi madre para aparcar, me busqué una loma cercana donde suponía se podía divisar con discreción y hacía allí enfilé mi coche, pero la loma no estaba sola, había otro par de coches aparcados que supuestamente habían venido a lo mismo que yo, porque el lugar no podía ser mejor para mirar y no ser visto. Los otros dos coches estaban ocupados cada uno por un mirón que, prismáticos de por medio, se refocilaban viendo las peripecias del mete saca de las parejas.

El lugar era angosto y los tres coches estábamos prácticamente puerta con puerta, y como según parece, entre mirones existe una gran camaradería, pues va un mirón y me ofrece sus prismáticos para poder ver con visión panorámica los mete saca del momento. Yo se lo agradecí y enseguida enfilé hacía el coche de mi madre. El mirón al verme donde miraba me dice, a esos déjalos unos quince minutos, primero escuchan música, después le saca las tetas y dentro de unos diez o quince minutos se la mete hasta reventarla.

Efectivamente mi madre y el barrendero se acomodaron en los asientos y aparentemente podrían estar escuchando música. Desde donde yo estaba no perdía detalle, pero el mirón no tardó en pedirme que le devolviera los prismáticos. Yo improvisé y le conté al tío la verdad, que esa era mi madre y que quería ver lo qué hacía y con quién lo hacía. El tío muy comprensivo me los dejó y me dijo:

-Te vas a dar un empacho, porque tu madre folla como una leona y un día lo va a terminar devorando-

Efectivamente al cabo del rato las tetas de mi madre ya estaban bailando y pasando de mano en mano dentro del coche. Nunca pensé que a mi madre le gustase tanto que le mamasen las tetas, claro que tampoco pensé que a ella le gustase tanto mamarle la polla al barrendero. El caso es que pasaban los minutos y la escena iba calentándose, por lo que entendí que mi prestamista me pidiese por un rato que le devolviese los prismáticos para no perderse parte de la función.

Desde la loma se podían ver por lo menos media docena de coches, pero el muy cabrón nada más coger los prismáticos los enfocó hacía el coche de mi madre y además, como yo había perdido la visión, me lo iba retransmitiendo en directo. Ahora ella se esta sacando las bragas y se las esta metiendo a él en la boca, ahora ella le esta quitando a él los pantalones, ahora ella se esta abriendo de piernas, ahora él se la va a meter…

Yo no aguanté más y le quité los prismáticos casi a empujones, pero llegué a tiempo de ver como el barrendero se la metía a mi madre y de cómo mi madre se encaramaba encima del chiquillo y comenzaba un frenético follar y ser follaba. Yo apenas podía tragar saliva de ver como mi madre se lo estaba merendando y sólo acerté a decir:

-Este chico se va a enterar del coño que calza mi madre-

El otro mirón, que hacía buen rato se estaba haciendo una paja a la salud del polvazo de mi madre, me lo corroboró diciendo: esta tía esta hecha para follar, fíjate con qué energía levanta las nalgas, fíjate cómo se la clava, fíjate cómo lo espachurra, fíjate cómo le muerde las tetas, fíjate…

Pero no me fijé en nada más, arranqué el coche y salí disparado hacía donde mi madre se estaba echando el polvo de su vida con un chiquillo veinticinco años menor que ella. Al llegar, mi madre se quedó estupefacta al verme, pero reaccionó con naturalidad, me abrió la puerta trasera del coche donde ambos estaban follando desnudos, me dejó entrar, me presentó a su amiguito y me dijo que estaban follando.

Debo decirles que yo también actué con toda naturalidad. Mandé al chico a empujones a los asientos de delante, tumbé a mi madre a lo largo de los asientos, le abrí las piernas, no hizo falta que le sacara las bragas porque aún no se las había puesto, tampoco hizo falta que le lubricara su chumino porque lo tenía empapado y esta vez tampoco hizo falta que fingiera exhalaciones, rugidos y espasmos, porque al cabo de los minutos mi madre se estaba corriendo como una burra.

No puedo aseverar si mi madre tiene una gran capacidad de reponerse y echarse dos polvos casi simultáneos, o es que anteriormente con quien estaba fingiendo era con el chiquillo, o sencillamente, a sabiendas de que yo la podía estar espiando y que podría llegar en cualquier momento a echarla el polvo que ella se merecía, me estaba esperando y a punto para correrse, pero puedo asegurarles, más allá de cualquier duda razonable, que mi madre terminó con las nalgas electrizadas y con carne de gallina, que es como la prueba del nueve de que mi madre se había metido una corrida «de puta madre».