Figuras de la Genética: Cromosomas y Sexo

Rubén Megía González

Este domingo es un día especial. El 7 de julio de 1861, nació una de las personas que descubrieron las bases cromosómicas de la determinación del sexo. Hablo nada más y nada menos que de Nettie Stevens. Esta gran mujer de ciencia que, según cuentan, disfrutaba de unas capacidades intelectuales prodigiosas, luchó a finales del siglo XIX por ganarse un espacio en un terreno ocupado por hombres como lo era la ciencia.

Para poneros en situación, os contaré la historia de Nettie Stevens desde el principio.

La pequeña Nettie Maria Stevens nació en la localidad norteamericana de Cavendish, en Vermont, fruto del matrimonio de

Julia Adams y Efraïm Stevens. No obstante, la felicidad por la llegada de Nettie no duró demasiado. Su madre, Julia, falleció cuando ella tenía únicamente 4 años, dejando a su padre, que trabajaba como carpintero, con dos niñas a cargo y una situación económica endeble. La familia Stevens se mudó a la localidad de Westford después de que el Sr. Stevens contrajera de nuevo matrimonio. En esta localidad, concretamente en la Westfield Normal School (actualmente Westfield State College), Nettie se graduó como primera de su clase. Tanto ella como su hermana, Emma Stevens fueron dos de las tres primeras mujeres que se graduaron en Westford, obteniendo unas calificaciones excepcionales.

Lamentablemente, la vida académica de Nettie se vio interrumpida dadas las condiciones económicas de la familia. Fue por ello que la joven Stevens, dispuesta a cumplir su sueño de estudiar en la universidad, comenzó una dura etapa trabajando como bibliotecaria y profesora. No fue hasta 1896, con la edad de 35 años, que Nettie pudo retomar sus estudios en la Universidad de Stanford.

Tras licenciarse en la maestría de fisiología en la Universidad de Stanford, Nettie Stevens comenzó un doctorado en el Bryn Mawr College de Filadelfia, en el estado de Pensilvania. Durante el doctorado, coincidió con los grandes biólogos de la época Edmund Beecher Wilson y Thomas Hunt Morgan. Para aquellos que, al igual que yo, no tengáis el don de recordar nombres, os diré que Morgan fue el genetista que más tarde, en 1933, confirmó la teoría cromosómica de la herencia.

Aunque es posible que el trabajo de Morgan inspirase a Nettie Stevens a continuar estudiando los cromosomas, el interés de Nettie Stevens por la Genética se achaca a su estancia en el laboratorio de Theodor Bovery, en el Instituto de Zoología de la Universidad de Wurzburgo, Alemania. Stevens trabajó junto a Bovery en 1902, al obtener una beca para estudiar en Europa. Tras su estancia en Europa, en 1903 Nettie Stevens pidió una beca que le fue concedida para investigar problemas relacionados con la determinación del sexo.

Desde tiempos inmemoriales se había contemplado la determinación del sexo en el embrión como consecuencia de diferentes factores: desde variables ambientales durante el desarrollo como sucede en algunos reptiles, hasta variables genéticas de origen exclusivamente materno. Hay que tener en cuenta que hablamos del siglo XIX. Los que leísteis el blog de la semana pasada sabréis que todavía no se conocía la estructura del ADN. ¡Ni siquiera su composición!

En algunos reptiles la temperatura ambiental determina el sexo de la descendencia. Es el caso de la especie de tortuga Chelydra serpentina.

Stevens estaba dispuesta a descubrir qué factor era el que determinaba el sexo biológico de un nuevo individuo y, para ello, estudió los cromosomas del coleóptero Tenebrio molitor, un pequeño escarabajo que, en su forma larvaria se conoce comúnmente como “gusano de la harina”. Nettie Stevens observó y comparó las células somáticas en mitosis de individuos macho y hembra de este particular insecto. En sus experimentos vio que, mientras que las hembras tenían 10 parejas de cromosomas (20 cromosomas emparejados de igual a igual), los machos tenían 9 parejas “normales” (18 cromosomas emparejados de igual a igual) y 1 pareja “extraña”, formada por un cromosoma grande y uno minúsculo. Así sucedía en todos los individuos macho, por lo que Nettie llegó a la conclusión de que esta era la diferencia cromosómica principal.

Ahora bien, ¿de dónde sale este cromosoma y qué determina si un individuo lo tiene o no? Nettie Stevens sugirió que, puesto que las hembras no podían aportar el cromosoma pequeño a la descendencia, el origen de este cromosoma debía ser siempre de origen paterno. Sin embargo, el cromosoma pequeño, que ahora conocemos como “cromosoma Y”, no puede ser transmitido siempre, ya que en ese caso, solo nacerían machos, ¿no?. Nettie Stevens planteó la existencia dos tipos de gametos masculinos en cuanto a la determinación del sexo: los espermatozoides que aportan el cromosoma sexual pequeño y los que aportan el cromosoma sexual grande. ¡Genial descubrimiento!

Pero la historia no acaba aquí. En ese momento se atribuyó el descubrimiento a Edmund Beecher Wilson, que publicó poco más tarde, en 1905, sus estudios, muy similares a los de Nettie Stevens y cuyos resultados coincidían. Esto en absoluto quiere decir que Wilson copiara el trabajo de Stevens ni mucho menos. Sí es cierto que Wilson conocía el trabajo de Stevens y realizó un estudio similar en otros insectos, pero en su publicación reconocía el trabajo de Stevens. Fue la comunidad científica, en vista que era un reputado investigador de la época, la que atribuyó a Wilson erróneamente el descubrimiento. Es por ello que Nettie no recibió el reconocimiento que merecía un descubrimiento de ese calibre.

Y bien, ya conocéis la historia del descubrimiento que realizó esta Nettie Stevens. Así fue como una de las grandes genetistas descubrió que la determinación del sexo está en los cromosomas. Actualmente sabemos que, aunque generalmente el sexo biológico de un humano está relacionado con la presencia/ausencia del cromosoma Y, existen excepciones en las que esto no es así.

Nos leemos en el próximo post. ¡Hasta pronto!

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