El pasado 5 de febrero falleció nuestro compañero, mentor y amigo, el Dr. Máximo Ibo Galindo, dejando un gran vacío en la comunidad científica y en los y las pacientes y familiares con los que colaboraba intensamente en su lucha por avanzar en la investigación de las enfermedades raras.
Ibo, como le conocíamos todos, dedicó su vida a la ciencia con una pasión contagiosa, una inteligencia generosa y una humanidad poco común. Su trayectoria, marcada por el rigor, la curiosidad y el compromiso con quienes le rodeaban deja una huella profunda en distintas áreas del conocimiento como la biología del desarrollo, la genética y el estudio de enfermedades neurodegenerativas.
Licenciado en Ciencias Biológicas, especialidad en Bioquímica, por la Universitat de València en 1990, Ibo se incorporó ese mismo año al Departamento de Genética de la Facultad de Ciencias Biológicas. Allí ingresó en el entonces denominado “grupo de Cromosomas”, dirigido por la Prof.ª Rosa de Frutos, germen del actual grupo de Genética Molecular Humana. Eran años de transición científica: el laboratorio evolucionaba desde los estudios clásicos de citogenética y polimorfismos cromosómicos en cromosomas politénicos de Drosophila hacia nuevas líneas centradas en la expresión génica y el papel de los elementos transponibles en el genoma.
En ese contexto, Ibo desarrolló su tesis doctoral en la década de los noventa, enfocada en los elementos transponibles de Drosophila melanogaster, bajo la dirección del Dr. Luis Pascual. Formó parte de la segunda generación de investigadores del laboratorio de Cromosomas, heredando la pasión por la ciencia inculcada por sus mentores y contribuyendo a consolidar un ambiente de trabajo que muchos recuerdan como excepcional. Su etapa doctoral no sólo cimentó su excelencia científica, sino también su estilo colaborativo, reflexivo y entusiasta.

Tras su formación en Valencia, continuó su carrera como investigador postdoctoral en el Reino Unido, en el laboratorio del Dr. Juan Pablo Couso en la Universidad de Sussex. Fue galardonado con una prestigiosa Marie Curie Postdoctoral Fellowship para estudiar los mecanismos moleculares responsables de establecer la información posicional en el eje próximo-distal de la pata de Drosophila. Su trabajo amplió el conocimiento sobre genes implicados en este proceso y fue clave para descubrir un nuevo sistema organizador distal regulado por la vía de señalización EGFR. Sus hallazgos demostraron el papel global de esta vía, ya conocida en el desarrollo distal de apéndices en vertebrados, consolidando su impacto científico a nivel internacional mediante publicaciones en revistas del más alto nivel como Science.
En 2008 regresó a España tras obtener un contrato Ramón y Cajal en el Instituto de Biomedicina de Valencia (IBV-CSIC). Los inicios no fueron sencillos: implantar un nuevo organismo modelo en el instituto supuso superar trámites, adaptar espacios y afrontar la complejidad burocrática. Sin embargo, una vez superados los obstáculos, puso en marcha una línea de investigación propia centrada en la relación entre la polaridad celular planar y la señalización por Notch. En colaboración con la Dra. Sarah Bray (Universidad de Cambridge), contribuyó a desentrañar el mecanismo de control de Notch por la ruta Fz/Stbm de Wnt.
Paralelamente, inició una fructífera colaboración con el Dr. Francesc Palau para estudiar la fisiopatología de enfermedades hereditarias del sistema nervioso periférico mediante modelos en Drosophila. En 2015 publicó el primer modelo en este organismo para la neuropatía de Charcot-Marie-Tooth causada por mutaciones en el gen GDAP1, y en 2017 relacionó neuropatías con implicación mitocondrial con alteraciones metabólicas. Su investigación no sólo profundizó en mecanismos básicos del desarrollo, sino que abrió vías de comprensión para patologías humanas como la espina bífida o neuropatías hereditarias.
Más allá de sus logros científicos, Ibo fue, ante todo, un maestro. En el laboratorio, su liderazgo se definía por la cercanía, la libertad y la confianza. Quienes se formaron con él recuerdan su alegría persistente, su capacidad para convertir las discusiones científicas en espacios enriquecedores y su serenidad para afrontar retos importantes. Supo ver el potencial en jóvenes investigadores cuando ellos aún dudaban de sí mismos, ofreciéndoles oportunidades decisivas con un sencillo, pero transformador “vente conmigo”.
En 2013 Ibo trasladó su laboratorio al Centro de Investigación Príncipe Felipe (CIPF) donde, además de continuar con sus proyectos iniciales, comienza una estrecha colaboración con asociaciones de pacientes de Síndrome de Dravet y pacientes afectados por el síndrome por deficiencia de CDKL5, con esa combinación de excelencia científica y calidad humana que siempre le ha caracterizado.
Durante toda su trayectoria, Ibo fue un “Gran Jefe” para sus doctorandos y postdocs y un gran amigo tanto fuera como dentro del laboratorio, para sus colegas, alguien que tendía la mano, que daba alas, que confiaba y acompañaba. Impulsó trayectorias académicas desde prácticas curriculares hasta tesis doctorales y científicos postdoctorales, dejando una estela de discípulos que hoy continúan sus carreras científicas en distintas partes del mundo.
Máximo Ibo Galindo fue un científico brillante, un investigador comprometido y un mentor excepcional. Su legado vive en sus publicaciones, en los modelos experimentales que desarrolló y, sobre todo, en las personas a las que inspiró. Sin duda, la comunidad científica pierde a un referente, un maestro y un buen amigo de cervezas y situaciones cómicas, a veces surrealistas, cuya luz seguirá guiando muchos caminos.
Ibo amaba la vida en todas sus formas y significados. La amaba desde el laboratorio, con esa pasión científica que le llevaba a desentrañar los secretos más pequeños de la biología, como esos péptidos minúsculos que tanta relevancia tenían sobre el desarrollo de Drosophila. Pero también la amaba con alegría, con los sentidos y el corazón. Lo recordamos cocinando un cordero al chilindrón a las dos de la madrugada, rodeado de amigos, saltando de una receta a una conversación sobre ciencia sin perder el hilo ni la sonrisa. Así era Ibo: vivía la vida mientras filosofaba sobre ella. Y esa forma suya de estar en el mundo, tan plena, tan suya, seguirá viva en nosotros hasta que la vida nos alcance.
Somos muchos los amigos que acudimos a rendirle homenaje el pasado 22 de febrero en el acto celebrado por su familia, donde vivimos emocionados el momento en el que anunciaban la creación de la Beca de Investigación CDKL5 Doctor Máximo Ibo Galindo, que, sin duda, mantendrá viva su memoria y perpetuará la visión que proyectaba Ibo: hacer ciencia con el corazón.
Autores: Rubén Artero, José Blanca, David Blesa, Joaquín Cañizares, Amalia Capilla, Juan Pablo Couso, Carmen Espinós, Ana Pilar Gómez-Escribano, Víctor López del Amo, María del Carmen Martín, Dolores Moltó, Nuria Paricio, Christian Palacios, Lluís Pascual, Manuel Pérez-Alonso, Ignacio Pueyo, Regina Rodrigo, Rafael Vázquez
